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En el campo de refugiados experimentamos que la música es un lenguaje universal. La música acompaña, comunica, crea espacios de encuentro y de relación. Es tan necesaria que sin ella la vida de cada persona sería diferente. Es imprescindible en el mundo que vivimos, y mucho más en un campo de refugiados.

Hay que tener en cuenta que la música está prohibida por el Estado Islámico y los músicos son perseguidos en su territorio. En el campo de refugiados, nuestra llegada con una guitarra fue recibida como una muestra de libertad y una victoria de la humanidad. Nuestra guitarra se hizo popular, itinerante, polivalente, acogedora, generosa, dueña de alegrías, fantasías, dolores y penas. Sonó e hizo soñar.

En el campo de refugiados pudimos experimentar lo que la música provoca en las personas. Participamos en un concierto de protesta junto a varios refugiados. Hicimos gran cantidad de microconciertos en la escuela, en tiendas de campaña y al aire libre. Los conciertos con más participación eran los que organizábamos algunas noches junto al fuego, delante del vagón donde vivía Hussan y su familia. Cada concierto ayudaba a los refugiados a olvidar sus problemas y a levantar los ánimos. Afloraban sus sentimientos y se reconocían humanos después de mucho tiempo: sentimientos de alegría, diversión, alivio, emoción, éxtasis…

Los conciertos que organizamos también eran la ocasión para recordar sus raíces, interpretando ellos algunas canciones y danzas tradicionales. Una noche vino un cantautor sirio y se produjo una expresión colectiva a través de la música de muchos sentimientos que necesitaban exteriorizar: decepción, desánimo, resignación, impotencia, desesperación, dolor, angustia…

Nuestra guitarra supo llorar con el que llora y reír con el que ríe. Pocos instrumentos pueden acompañar con tanto sentido en la alegría y la tristeza de la vida. La música tiende puentes, une corazones, es fuente de paz y un gran remedio contra la negatividad. Hacer música es un acto de amor.